Persépolis fue la capital del Imperio persa
durante la época aqueménida. Se encuentra a unos 70 km de la ciudad de Shiraz,
provincia de Fars, Irán, cerca del lugar en que el río Pulwar desemboca en el
Kur (Kyrus)
Su construcción, comenzada por Darío I, continuó a lo largo de más de dos
siglos, hasta la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno.
Las ruinas de Persépolis fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la
Unesco en el año 1979.
Historia
La primera capital del Imperio persa aqueménida fue Pasargada, pero hacia 512 a.
C. el rey Darío I el Grande emprendió la construcción de este masivo complejo
palaciego, ampliado posteriormente por su hijo Jerjes I y su nieto Artajerjes I.
Mientras las capitales administrativas de los reyes aqueménidas fueron Susa,
Ecbatana y Babilonia, la ciudadela de Persépolis mantuvo la función de capital
ceremonial, donde se celebraban las fiestas de Año Nuevo. Construida en una
región remota y montañosa, Persépolis era una residencia real poco conveniente,
y era visitada principalmente en primavera.
En 330 a. C., Alejandro Magno, en su campaña de Oriente, ocupó y saqueó
Persépolis, incendiando el Palacio de Jerjes, para simbolizar quizá el fin de la
guerra panhelénica de revancha contra los persas.
En 316 a. C., Persépolis era todavía la capital de Persis, una provincia del
nuevo Imperio Macedónico. La ciudad decayó gradualmente durante el periodo
seléucida y las épocas posteriores. En el siglo III, la cercana ciudad de
Istakhr se convirtió en centro del Imperio sasánida.
Construcción
Tras haber continuado la obra de Ciro II en Pasargada y paralelamente a los
importantes trabajos de construcción emprendidos en Susa, Darío I decidió
establecer una nueva capital; esta decisión es generalmente interpretada como
una voluntad de distinguirse de la rama principal de los aqueménidas, a la que
Pasargada está fuertemente ligada.
Eligió para eso una ciudad que ha sido identificada con Uvādaicaya (Mattezsi en
babilonio). Esta ciudad debía tener ya cierta importancia política puesto que
Darío hizo ejecutar a Vahyazdāta, su principal opositor persa, en 521 a. C. Por
otro lado, se atestigua la presencia de palacios y de puertas monumentales que
se remontan a Ciro y Cambises II, así como una tumba inacabada probablemente
destinada a Cambises. Las tablillas babilonias muestran que se trataba de un
centro urbano desarrollado, activo y poblado, que tenía relaciones comerciales
con Babilonia, y era capaz de asegurar los medios logísticos y alimenticios para
una obra de esta magnitud. Pierre Briant, historiador de la Persia aqueménida,
apunta que la puesta en práctica, cronológicamente cercana, de obras importantes
en Susa y Persépolis supuso la movilización de medios considerables. De hecho,
estas construcciones entran en el marco de un plan global de reajuste de las
residencias reales con vistas a enseñar a todos que "el advenimiento del nuevo
rey marca una refundación del imperio".
Darío eligió como emplazamiento para su nueva construcción la parte baja de la
formación rocosa del Kuh-e Rahmat, que se convirtió así en el símbolo de la
dinastía aqueménida. Hizo erigir la terraza, los palacios (Apadana, Tachara),
las salas del Tesoro, así como las murallas. Es difícil datar con precisión la
construcción de cada monumento. La única indicación irrefutable es suministrada
por las tablillas encontradas en el sitio que atestiguan la existencia de
actividad constructiva al menos desde 509 a. C., cuando se produjo la
construcción de las fortificaciones.
Se puede atribuir, en cambio, la mayoría de las construcciones a los períodos
correspondientes a los reinados de los soberanos posteriores.
Las construcciones de Darío fueron luego acabadas y completadas por sus
sucesores: su hijo Jerjes I añadió al complejo la Puerta de todas las Naciones,
el Hadish, o incluso el Tripylon, y bajo Artajerjes I en 460 a. C., 1149
artesanos se encontraban presentes en las obras. El sitio permaneció en
construcción hasta, por lo menos, 424 a. C., y quizás hasta la caída del Imperio
persa: una puerta quedó inacabada, así como un palacio atribuido a Artajerjes
III.
Al contrario de otras construcciones monumentales antiguas, griegas o romanas,
la construcción de Persépolis no se llevó a cabo con mano de obra esclava, sino
que trabajaron en ella obreros provenientes de todos los países del imperio:
Babilonia, Caria, Jonia, o Egipto.
Arquitectura
Los persas no poseían un bagaje arquitectónico propio: se trataba de un pueblo
seminómada de pastores y jinetes. Ahora bien, desde su fundación por Ciro II, el
imperio persa se dota de construcciones monumentales. Al principio, inspiradas
en los pueblos conquistados, los arquitectos aqueménidas integran estas
influencias y proponen rápidamente un arte original. Si en Pasargada, el plan
general muestra aún influencias nómadas con sus edificios estirados, dispersos
en un inmenso parque, cincuenta años más tarde el de Persépolis es prueba de
racionalización y de equilibrio: el plano cuadrado es sistematizado, las
columnas son estrictamente colocadas (6x6 en la Apadana, 10x10 en el palacio de
las Cien Columnas...), y comprende la mayor parte de las pequeñas salas del
Harén y los anexos de los palacios. Las transiciones de los pórticos a los lados
son unidas por torres angulares en la Apadana. Las dos grandes puertas y los
diferentes pasos distribuyen la circulación hacia los edificios principales.
Estas realizaciones son creaciones originales, cuyo estilo resulta de la
combinación de elementos resultantes de civilizaciones sometidas. No se trata de
una hibridación, sino más bien de una fusión de estilos que crean uno nuevo.
Resultante del saber hacer de los arquitectos y obreros de todo el imperio, la
arquitectura persa es utilitaria, ritual, y emblemática. Persépolis muestra así
numerosos elementos que atestiguan estas fuentes múltiples.
De hecho, con la inclusión de Jonia en las satrapías del imperio, la
arquitectura persa aqueménida está marcada por una fuerte influencia griega
jónica, particularmente visible en las salas hipóstilas y los pórticos de los
palacios de Persépolis. El auge del estilo jónico en Grecia es quebrado de golpe
después de la invasión persa, pero se expresa de manera brillante en Persia, por
medio de monumentos grandiosos. Arquitectos lidios y jonios son contratados en
las obras de Pasargada, más tarde en las de Persépolis, y Susa. Ellos realizan
los principales elementos, y se encuentran así graffitis en griego en las
canteras próximas a Persépolis, que mencionan los nombres de los jefes canteros.
Juegan un papel principal en la eclosión del estilo persa. La participación de
griegos en la erección de columnas y en el ornamento de palacios en Persia están
mencionados en la inscripción de Susa (DSf), así como por Plinio el Viejo. Las
columnas de Persépolis son efectivamente de estilo jónico, con un fuste
acanalado y delgado: el diámetro es inferior a la décima parte de la altura,
ninguna columna de Persépolis es más ancha de 1,9 m. Algunos capiteles llevan
grifos inspirados en los grifos de bronce arcaicos griegos.
Entre los elementos de estilo faraónico egipcio fácilmente reconocibles, se
pueden citar los sostenes de las cornisas que sobresalen en las puertas, así
como el nacimiento de los capiteles. Algunos atribuyen también a los egipcios el
aporte del pórtico.
La influencia de Mesopotamia está muy presente, en particular en la fórmula
palatina asociada a dos palacios, uno para la audiencia pública y otro para la
audiencia privada. Esta influencia es también visible en los motivos de palmetas
o de rosetones florales que decoran relieves y palacio, o en los merlones
dentados que recuerdan la forma de los zigurats, y que adornan las escaleras de
los palacios. Los relieves esmaltados y policromos son de inspiración babilonia.
Los ortostatos adornados con bajorrelieves de la Apadana, los hombres-toros
alados de las puertas son de estilo asirio.
Presente en el Medio oriente antes de los persas, el principio de los espacios
internos creados para los soportes y techos de madera, la sala hipóstila llega a
ser el elemento central del palacio. El aporte de técnicas griegas permite a la
arquitectura persa llevar a buen término diferentes construcciones donde el
espacio tiene funciones diferentes: el despeje de vastos espacios por medio de
altas y finas columnas constituye una revolución arquitectónica propia de
Persia. Las salas hipóstilas están destinadas a las multitudes y no sólo a los
sacerdotes como en Grecia o en Egipto.
La mayoría de las columnas eran de madera, y reposaban eventualmente sobre una
base de piedra; todas han desaparecido. Sólo cuando la altura era demasiado
importante era utilizada la piedra: en la Apadana, en la Puerta de las Naciones.
Las columnas de piedra que han subsistido son muy heterogéneas y muestran una
influencia de las diferentes civilizaciones del imperio, lo que no es quizás
inocente: la base campaniforme es una creación aqueménida, pero sin duda de
inspiración hitita; el fuste acanalado es jonio; el capitel, de una altura
desmedida que puede ir hasta un tercio de la columna, comienza por un capitel de
estilo egipcio seguido de un pilar cuadrado de doble voluta, una creación iraní
inspirada en motivos asirios; el conjunto es coronado con una imposta teriomorfa,
otro motivo importado, de Mesopotamia, pero su función de sostén de vigas es
inédita. Se puede ver allí un resumen de la diversidad del imperio.
Como todos los palacios aqueménidas, los de Persépolis tenían sistemáticamente
los muros de adobe, lo que puede parecer sorprendente en una región donde la
piedra de construcción está disponible en cantidad. Es, de hecho, una
característica común a todos los pueblos de Oriente, que han reservado los muros
de piedra a los templos y a las murallas. Ningún muro de Persépolis ha
sobrevivido pues, los elementos aún en pie son los marcos de las puertas y las
columnas de piedra.
Aunque su construcción se haya extendido durante dos siglos, Persépolis muestra
una notable unidad de estilo que caracteriza al arte aqueménida: iniciado en
Pasargada, acabado bajo Darío en Persépolis, no se notan evoluciones notables
tanto en la arquitectura como en las decoraciones o en las técnicas. Sólo las
últimas tumbas reales han perdido la distinción respecto a las de Naqsh-e Rostam,
sin duda por falta de sitio, pero sus bajorrelieves son estrictamente idénticos
al de Darío. |